ENTREVISTA
VICENTE DELLA RAGIONE
Con 87 años de edad y una
trayectoria de trabajo y solidaridad ampliamente reconocida
en Florencio Varela, Vicente Della Ragione se reconoce pleno
de ganas de seguir haciendo cosas en su vida. Nacido en
Cordenons, en la italiana provincia de Udine el 20 de agosto
de 1921, este batallador inmigrante lleva 62 años
de casado –y siete de novio- con su mujer Nives, “una
leona para trabajar junto a mí” -nos cuenta-
con quien tuvo dos hijas, Carmen y Mabel, que les dieron
cinco nietos que hoy son, como podría imaginarse,
su gran orgullo. Su nombre está ligado a múltiples
entidades en muchas de cuyas fundaciones intervino y a las
que también ayudó. Los Bomberos Voluntarios,
el Hogar de Ancianos, el Círculo Friulano, la Liga
Pro Cremación, la Asociación Amigos del Parque
Hudson, los Scouts y la sociedad Italiana La Patriótica
son solo algunos ejemplos. En una fría tarde del
recién llegado invierno, Vicente nos recibió
en su hogar de la calle Monteagudo y nos relató muchos
de sus recuerdos.
-¿Cómo fue su infancia?
-Mi mamá trabajaba en una fábrica algodonera
y mi papá era zapatero. Yo fui a la escuela hasta
cuarto grado y después mi padre quiso que yo dejara
el colegio para aprender el oficio junto a él. Yo
tenía 8 años… Un día vino el
panadero, que traía el pan a casa en una canasta,
y me dijo que yo tenía que seguir estudiando pese
a lo que mi papá quería… Así
que fui a lo de una tía soltera, María, y
le pedí que me mandara a llamar para “juntar
unos higos”. Lo hizo y aproveché para irme
al pueblo de Pordenone, donde me anoté en el quinto
grado y seguir la escuela. Después aprendí
idiomas como el alemán, que todavía hablo
y escribo perfectamente y hasta toqué un instrumento
en la banda de música del municipio.
-¿Cómo siguió su vida?
-Luego me tocó el servicio militar. El 8 de setiembre
de 1943 me desperté y ví uniformes tirados,
un gran revuelo, y aproveché para irme justo cuando
los alemanes venían a tomar el cuartel. Volví
a casa y al taller de zapatería. El día de
mi cumpleaños número 20, mi padre falleció,
pero no por causas naturales, sino porque un hombre que
quería matar al comisario lo mató en la playa,
confundiéndolo con él. El 17 de febrero de
1945 los alemanes vinieron a buscarme y me llevaron a Alemania
junto a otras 27 personas. Yo era el único del grupo
que hablaba alemán, así que me pidieron que
les dijera a los demás que no éramos presos
políticos, sino que nos iban a llevar a trabajar
a una empresa, en el bosque de Messmit. Y así lo
hicieron. Nos pagaban 8 marcos por día y nos daban
los bonos para canjear por comida. Igualmente pasábamos
hambre… Un día fui a una aldea cercana y una
mujer me dio un jarro de leche que me tomé todo de
golpe. Los alemanes podían ser nuestros enemigos,
pero el pueblo alemán no lo era. En esa época
también me tocó ir a una capilla en el mismo
poblado y el cura me dijo que era viernes santo, y me invitó
a ir a la misa de Pascuas el domingo. Allí fui con
mis otros compañeros, y a la salida nos esperaba
la gente llenándonos los brazos de víveres…
Por eso repito que no odio a Alemania, odio a los nazis.
-¿Qué pasó cuando terminó la
guerra?
-Volví a Italia y al año me casé. Tuvimos
una nena y decidimos partir en busca de un mejor porvenir.
Y vinimos a Argentina. En Avellaneda había dos hermanos
de mi mujer y fuimos a casa de uno de ellos. A los tres
días de llegar yo ya tenía trabajo. Alquilé
un garaje y puse una zapatería y entré a la
fábrica Alpargatas.
-¿Y cómo llegó a Florencio Varela?
-Me enteré que Alpargatas tenía una sucursal
acá, y vine a ver un lote que estaba en Alberdi y
Gutiérrez. Las primeras personas que conocí
al llegar fueron la familia Facci-Battista, parientes de
los Fedi, que eran unos friulanos que ahora viven en Australia
y con los que me sigo escribiendo. Compré el lote
y ahí me hicieron la casa. También fundé
en el lugar la Sociedad de Fomento Juan B. Alberdi. En todos
lados se hablaba del agua de F. Varela, de su altura, que
no permitía que se inundara… Era un lugar muy
buscado. Esa casa con el tiempo, cuando me mudé a
la calle Monteagudo, se la doné a la Asociación
Scout Florentino Ameghino.
-¿Cómo empezó con la fábrica?
-En Alpargatas, el Director, un italiano llamado Antonini,
me traía los zapatos de su familia para arreglar.
Al tiempo empecé a arreglar los zapatos del personal,
y un día, un amigo que era Jefe en Siam Di Tella
me encargó que hiciera 200 guantes de trabajo para
esa fábrica. No era una cantidad sencilla de fabricar,
pero me equipé, trabajé duro y los hice. Cuando
los llevé… Siam Di Tella cerró y no
los pude entregar, y por supuesto mucho menos cobrar. No
sabía que hacer… Yo tenía una zapatería
en Monteagudo y un corredor me dijo que se los diera que
iba a colocarlos. No solo cumplió, sino que también
me encargó 200 más. Así empecé
a fabricar guantes, para Peugeot, Ferrocarriles, Orbea…
-Y después vinieron los guantes deportivos…
-Sí. Cuando Amadeo Carrizo trajo un par de guantes
de Italia, los ví y dije ¿por qué no
hacerlos? Así que fui al INTI y ahí me asesoraron
sobre cuál era el material necesario para confeccionarlos.
Me mandaron a la empresa Celin de industria plástica,
en Avellaneda, y compré 200 metros de cada color.
Registré la marca Eneve, por Nives y Vicente, y arrancamos…
Con el tiempo le estaba fabricando a Fulvence, y hasta llegué
a hacer 11.000 pares de guantes por mes, exporté
a Brasil, Paraguay, Perú…
-Ahora la empresa está a cargo de su hija y su yerno
y hasta fue distinguida como “mejor PYME de la provincia
de Buenos Aires”…
-Así es. Ellos la llevan muy bien. Carmen y Fernando
Vilches, su marido, ampliaron las actividades y ahora hacemos
canilleras, camisetas, guantes para policía, guantes
de hóckey, para ciclismo, para jardineros…De
todo.
-Pasando a otro tema, presidió la Liga Pro Cremación
de la Argentina y fundó la de Florencio Varela…
-Sí. Con la Liga Nacional hasta participamos en reuniones
internacionales, en las que hablé en esperanto, el
idioma que aprendí con la inolvidable Julia Rocafull.
En el cargo me reemplazó un ex embajador argentino
en la UNESCO, el Dr. César Augusto De la Vega. Y
hará unos 30 años fundamos la Liga de F. Varela,
que todavía está en actividad y de la que
soy presidente honorario.
-¿Qué era “el trébol de oro”?
-Un premio que entregábamos con el Hogar de Ancianos
y que se me ocurrió cuando escuché una propaganda
de Héctor Pérez Pícaro, el trébol
de la buena suerte. Fíjese que la idea gustó,
porque hasta hoy el Hogar tiene como emblema un trébol.
-¿Quiénes son sus amigos de hoy?
-Manfredo Giacomelli, Jorge Pardo, Cholo Paccagnella…
-¿Qué le gusta hacer para pasar el rato?
-Suelo escribir mucho. Cartas, y algunas cosas que me publican,
por ejemplo en el Tarumá Literario…
-¿Está contento con su vida?
-Claro. Estoy satisfecho porque Dios siempre me ayudó.
-¿Qué le falta conseguir?
-Que el país tenga paz, progreso, bienestar y que
todos lo quieran como lo quiero yo. Estoy tan orgulloso
de ser italiano como de haber vivido aquí donde siempre
me trataron tan bien y me dieron todo.
-¿Qué le va a decir a Dios cuando lo tenga
enfrente?
-Espero que El me reciba. El sabe lo que hice, lo que no
hice y como lo hice. Y espero que me disculpe los pequeños
errores cometidos y hasta mi admiración por los esenios.
A.C.S.
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