ENTREVISTA

Hector Pasquali

Entrevistas » 01/11/2018

«Nunca dejes que te cambien tus ideales. Luchá por lo que querés», le dijo su maestra, la señorita Devincenzi, cuando estaba en quinto grado de la Escuela Nro. 1. Por ese entonces, estaba acostumbrado a discutir sobre política. «Ella era radical y yo peronista», nos cuenta nuestro entrevistado, y agrega: «ella amaba a Alberdi y siempre nos trenzábamos. Mis compañeros estaban contentos porque cuando pasaba eso no había clase». Héctor Pasquali nunca olvidó a aquella docente ni sus consejos y vivió de acuerdo a sus convicciones. «Aunque ahora aprendí a escuchar un poco más y tolerar la opinión del otro», nos confiesa, en la planta alta donde vive, sobre la calle Vélez Sársfield. Nacido el 15 de febrero de 1937 en Avellaneda, llegó a Florencio Varela cuando solo tenía siete años. Viudo de María Teresa Argento, tiene dos hijos, Gustavo y Mirtha, y cuatro nietos. Dice que ahora «trata de no hacer nada», aunque a veces le soluciona algún problema eléctrico a un amigo y nos cuenta que pasa la mayoría de sus días con Magdalena, su compañera de baile y de vida, con quien en estos días estaba por iniciar un viaje a Merlo, San Luis. Con él, dialogó Mi Ciudad.


-¿Por qué vinieron a Florencio Varela?
-Llegamos acá porque mi padre Leandro vino a trabajar al laboratorio YPF, con mi madre y mi hermana Martha. El era pintor de autos y colorista. También estuvo en el club Los que se Divierten y fue concejal peronista. Tuvo actividad gremial en el SUPE.
-¿Qué era ser colorista?
-Imitaba los colores con una capacidad pocas veces vista.
-Ahora eso lo hacen las máquinas…
-Claro, antes había que hacerlo a mano, ver lo que no todos veían detrás de un color. Una vez que estaba en un buen día, le pedí que me enseñara. El era muy bueno pero tenía un carácter muy fuerte. Agarró una chapa, en el taller que tenía en la calle Maipú 280, la pintó, esperó que se seque, y me la mostró. «¿Qué color ves acá?, me dijo. «Azul», le dije. Me llevó al sol y me hizo la misma pregunta. «¿Qué color ves?» Yo pensaba que me iba a dar una piña pero igual le dije: «Azul…». «¿Y no ves otro color que lo compone?» me contestó. «No»… «Entonces no te enseño un pepino..» , dijo, enojado, y tiró la chapa…
-¿Y su madre?
-Mi mamá era ama de casa, y fue una gran compañera, comprensiva, mi confesora. Sus consejos y enseñanzas me ayudaron mucho .Siempre daba en el clavo.
-¿Qué recuerda de cuando era chico?
-Ibamos a ver a los jugadores de fútbol que entrenaban en donde estaba el Riachuelo. Para cruzar el Riachuelo, unos 15 o 20 metros, había que hacerlo por un caño de seis pulgadas, y lo hacíamos a caballito. Después nos pusimos más cancheros y lo cruzábamos más rápido. Pero un día uno trastabilló y se agarró de mí… Y me hizo caer en medio de la pudrición y la grasa. Yo tenía la ropa impecable, un pantaloncito con tiradores y las zapatillas nuevas, era un domingo, me sacó un tipo que era de la Marina, y yo quedé con un olor a podrido… Dije «mi mamá me mata»... Fui a lo de un amigo, y me acompañó. Cuando mi viejo me vio, me mandó a sacarme la ropa y a la cama. A la noche no me dejó salir. Esa noche había un baile al lado, venía Julio De Caro y no me dejó ir. Ese fue el castigo.
-¿Ya le gustaba ir al baile con siete años?
-Sí, la música me encantaba. Los chicos íbamos a las clases, no a los bailes, pero yo me quedaba porque mi papá era de la comisión. En esa época había una gran despreocupación… No se tenía a los chicos agarrados de la mano por la calle, y uno salía con su barra de amigos.
-¿A qué jugaba?
-Al fútbol, y seguí haciéndolo hasta después de casado. Tenía y tengo espina bífida y después de jugar dos o tres partidos los viernes tenía que acostarme… Pero me lo bancaba porque me gustaba. Y al balero. Cuando más tachuelas tenía el balero, era de mayor categoría. Pero las tachuelas había que sacárselas al Tano verdulero, que tenía el caballo con todos sus arneses. Vos levantabas la montura y te llevabas una tachuela, que ya tenía una historia. Una vez el Tano me agarró cuando se la estaba sacando. Era una tachuela que me había entusiasmado. Me llevó colgado del cuello, y le dijo al almacenero que llamara a la policía. Pero él le contestó que no, que conocía a mi familia, que era un buen muchacho, y me perdonó. Éramos muy traviesos… Cuando nos mudamos vinimos en el camioncito con mis amigos y cuando vieron las naranjas de los árboles se subieron y se llevaron un montón. Pero cuando las mordieron descubrieron que eran amargas…

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