ENTREVISTA

Andrés Fedorko

Entrevistas » 02/01/2020

La historia de Andrés Fedorko es una historia dura, de trabajo y sacrificios, pero también de resiliencia y esperanza. Nacido en el seno de una familia de agricultores, su infancia se desarrolló entre tareas de campo, y siendo niño, le tocó sufrir una gran inundación que aún recuerda y lo marcó para siempre. Nacido el 30 de octubre de 1938 en Hudson, es hijo de uno de los fundadores de la Sociedad de Fomento «Villa San Luis», entidad que presidió por más de 16 años. Justamente hasta la Villa, enclavada en el paisaje rural de Florencio Varela, vamos para encontrarlo en su finca, la quinta «El Nogal», donde un enorme árbol da su benigna sombra en un día de fuerte sol, a la par que está preparando sus nueces para la próxima cosecha. Andrés es quizás tan fuerte y noble como ese árbol. Y sus frutos también lo son. «Mis nietos son lo mejor que me pudo haber ocurrido. Son una barbaridad, los tres. Y Ahora hay un acoplado, un nieto postizo, pegado, el marido de mi nieta, que es como un hijo para mí», nos dice, sentado al lado de su esposa Esther Teresa Calvi, y de su hijo Oscar, que sigue la senda de la producción de vegetales frescos y hasta nos regalará un cajón de aromáticos tomates al final de la entrevista. Con Esther tuvo otras dos hijas: Marcela, que falleció a los cuatro años, y Silvia. Aunque dice que «se le fue gastando la memoria» con el tiempo, nos contó muchos de sus recuerdos.

-Empecemos con su infancia…
-Éramos cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres. La última hermana, la última borra del tarro… María, que Nació en 1950. Y varios años después, salió Reina de la Flor. Yo trabajaba en el campo con mis padres. Por ahí llegábamos de la escuela y ellos estaban en el campo. Nos sacábamos el guardapolvo, las alpargatas, nos cambiábamos y nos poníamos a trabajar con ellos. Cultivaban arvejas, habas, papas, batatas, chauchas…
Y se llevaba la verdura al Mercado de Abasto, venía el camión,, cargaba lo que había y se iba. Cuando llovía había que trasladar la verdura en carro, tirado por caballos, hasta la Ruta 2, donde la levantaba el camión de Vecchio.
-¿A qué jugaba?
-No había muchos chicos de mi edad en la zona. A veces jugábamos a la pelota, pero no mucho porque éramos tres o cuatro. Corríamos por ahí… Teníamos un perro, y había algunos caballos. Íbamos caminando solos a la Escuela 6, que estaba a siete u ocho cuadras. La escuela estaba justo enfrente, a 45 grados, del almacén de Giordano. Ahí había una casuarina grande. Una de mis maestras fue Nelly Sinistri, que era de Quilmes. Había dos o tres maestras para todo el colegio. Entre todos los grados apenas éramos unos cuarenta y pico alumnos. Mi señora iba a la misma escuela, pero a primer grado, porque tiene cinco años menos que yo. La llevaban a caballo los Castelli. La veía llegar y salir…
-¿Cómo eran sus padres?
-Mi viejo era ucraniano y mi vieja era bielorrusa. Se casaron por poder.
-¿Cómo la conoció?
-Mi viejo laburaba en Hudson y un compañero le dijo que tenía una prima… que fue mi mamá. Empezaron a escribirse, carta va, carta viene, y ahí vino mi vieja. Sola. Los citaron a los dos en el Hotel de los Inmigrantes, de Buenos Aires. Ahí era el punto de encuentro, estuvieron conociéndose. Tenían un día de plazo y si le gustaba, se la traía. Y se la trajo. Así que se vinieron a vivir a la costa de Hudson… El era muy buen tipo, trabajador, de carácter bueno. Nunca me fajó… Con la mirada conseguía más que con una paliza. No tomaba, fumaba poco…
-¿Qué le enseñó?
-Todo lo que es la vida, menos lo otro.
-¿Menos qué?
-Lo otro. Usted entiende… (se ríe).

La anécdota de la inundación fue crucial para su niñez y su vida. Las lágrimas se le escapan cuando recuerda cómo su madre lo tenía abrazado junto a sus hermanitos arriba del rancho, mientras el agua subía. «Nuestra vaca daba vueltas alrededor de la vivienda mugiendo, como diciendo súbanme a mí también… hasta que dejamos de verla», relata. Un trabajador los había ayudado a romper el techo para poder salir por el agujero y escapar del desastre. «Los caballos se salvaron porque mi papá los soltó y se fueron a lo del vecino. Tenía mucha paja en el corral y los caballos quedaron flotando ahí. El viejo nos fue a buscar y nos salvamos… Pero murieron muchos animales», agrega.

Su padre no quiso arreglar el agujero ni volver al rancho y aceleró la construcción de otra vivienda precaria en Bosques, donde había alquilado un terreno. Ahí, don Basilio usó los 120 pesos que tenía para poner unos palos, comprar un caballo, un arado, una tabla para hacer la puerta y la ventana y un alambre para armar con paja el techo. Fue algún tiempo después, en 1952, cuando se mudaron a la Villa San Luis. De sus tiempos de Bosques quedó una amistad con una familia tradicional de esa localidad: los Parenti.

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