Cuando la música transforma vidas



Cultura » 02/02/2026 03/02/2026

En los atriles de la Orquesta Escuela de Florencio Varela, no solo descansan partituras: allí se apoyan sueños, historias de superación y futuros que empiezan a tomar forma. Para muchos jóvenes, la orquesta es el primer lugar donde alguien cree en ellos, donde el esfuerzo tiene sentido y donde la emoción se hace presente en cada nota que el instrumento toca arriba de un escenario.

En los atriles de la Orquesta Escuela de Florencio Varela, no solo descansan partituras: allí se apoyan sueños, historias de superación y futuros que empiezan a tomar forma. Para muchos jóvenes, la orquesta es el primer lugar donde alguien cree en ellos, donde el esfuerzo tiene sentido y donde la emoción se hace presente en cada nota que el instrumento toca arriba de un escenario.
Las historias de Denis Portillo, Irupé Bartolomei y Pablo Mansilla nacen en ese espacio colectivo que enseña a escuchar al otro, a esperar el tiempo justo y a construir en conjunto. Ellos cuentan a Mi Ciudad cómo la música marcó sus vidas, los sostuvo en momentos difíciles y les permitió proyectar un futuro.

Denis Portillo vive en el barrio San Jorge. Tiene 24 años y, desde muy joven, la música se convirtió en una parte esencial de su vida. Es el menor de siete hermanos, y su historia con la Orquesta comenzó casi por casualidad, allá por 2012, cuando tenía apenas 11 años.
Denis conoció la orquesta gracias a un amigo de la familia, y junto a su hermana decidió sumarse al programa, eligiendo el violín como su primer instrumento. Con el paso de los años, su compromiso y perseverancia lo llevaron a desarrollarse no solo como intérprete, sino también como docente, transmitiendo a otros jóvenes los valores que aprendió dentro de la institución: el respeto, el cuidado y la disciplina.
Su padre había sido guitarrista en una banda de heavy metal, y la música siempre estuvo presente en su hogar, inclusive a través del trabajo familiar de venta de CDs. Ese entorno musical, sumado al acompañamiento de Soledad, Liliana y Sebastián Mendizábal, fortaleció su formación y lo impulsó a continuar creciendo dentro del Programa de Coros y Orquestas.
Con los años, Denis amplió sus horizontes: integró la Camerata del Teatro Argentino, viajó con la orquesta a Ecuador y al sur de Argentina, y participó en proyectos junto a artistas reconocidos. También incursionó en el tango y formó su propia orquesta: Infames, integrada por jóvenes músicos con los que conquistó espacios en la escena porteña.
Hoy, después de trece años de trayectoria, Denis considera a la Orquesta Escuela como una gran familia, un espacio que no solo le enseñó música, sino también valores para la vida, un lugar de pertenencia. «Uno no se da cuenta del tiempo que pasa cuando está haciendo algo que le gusta», suele decir. Y así, casi sin notarlo, la música se volvió parte de su identidad.
En su mensaje a los jóvenes, los anima a «escucharse a sí mismos, atreverse a probar cosas nuevas y perseguir con pasión aquello que aman», porque —como él mismo aprendió— los sueños crecen cuando se los vive con entrega y corazón.
Irupé Bartolomei, de 24 años, creció rodeada de música y de la vida cotidiana de la Orquesta. Hija de Gabriel Bartolomei —violinista, guitarrista y primer profesor de violín de la institución, hoy director de la Orquesta Municipal de Tango—, encontró en ese espacio un segundo hogar. Sus hermanos también siguieron el camino musical. Irupé comenzó tocando violín a los cinco años; recuerda una infancia marcada por la rutina extenuante de ir y venir de la orquesta de lunes a sábado, una vida sacrificada pero llena de sentido.
Sin embargo, a los 11 años decidió explorar otros horizontes: probó distintos instrumentos, se cansó de la rutina y, con algo de rebeldía adolescente, dejó la orquesta por un tiempo. Se dedicó entonces al teatro y la danza, buscando nuevas formas de expresión. Su regreso llegó más tarde, en la sede de Bosques, donde enseñaba su padre. Allí descubrió la flauta traversa, el instrumento que la acompañaría hasta hoy. Aunque por un tiempo vio la música solo como un hobbie —mientras estudiaba joyería y orfebrería— nunca dejó de tocar. «Haga lo que haga, siempre voy a tocar la flauta», repetía.
Actualmente integra la Orquesta Sinfónica desde hace siete años. Recuerda la pandemia como una etapa especialmente difícil para la enseñanza musical: pero también funcionó como un apoyo emocional para muchos estudiantes. «Tener el instrumento en ese momento hizo muy bien», destaca. Desde hace un tiempo también da clases en la Orquesta 1° de Mayo de Berazategui.

(Ver nota completa en la edición de papel)


TAMBIÉN PUEDE INTERESARTE