Por Lic. Claudia Elena Rial
En los atriles de la Orquesta Escuela de Florencio Varela, no solo descansan partituras: allí se apoyan sueños, historias de superación y futuros que empiezan a tomar forma. Para muchos jóvenes, la orquesta es el primer lugar donde alguien cree en ellos, donde el esfuerzo tiene sentido y donde la emoción se hace presente en cada nota que el instrumento toca arriba de un escenario.
En los atriles de la Orquesta Escuela de Florencio Varela, no solo descansan partituras: allí se apoyan sueños, historias de superación y futuros que empiezan a tomar forma. Para muchos jóvenes, la orquesta es el primer lugar donde alguien cree en ellos, donde el esfuerzo tiene sentido y donde la emoción se hace presente en cada nota que el instrumento toca arriba de un escenario.
Las historias de Denis Portillo, Irupé Bartolomei y Pablo Mansilla nacen en ese espacio colectivo que enseña a escuchar al otro, a esperar el tiempo justo y a construir en conjunto. Ellos cuentan a Mi Ciudad cómo la música marcó sus vidas, los sostuvo en momentos difíciles y les permitió proyectar un futuro.
Denis Portillo vive en el barrio San Jorge. Tiene 24 años y, desde muy joven, la música se convirtió en una parte esencial de su vida. Es el menor de siete hermanos, y su historia con la Orquesta comenzó casi por casualidad, allá por 2012, cuando tenía apenas 11 años.
Denis conoció la orquesta gracias a un amigo de la familia, y junto a su hermana decidió sumarse al programa, eligiendo el violín como su primer instrumento. Con el paso de los años, su compromiso y perseverancia lo llevaron a desarrollarse no solo como intérprete, sino también como docente, transmitiendo a otros jóvenes los valores que aprendió dentro de la institución: el respeto, el cuidado y la disciplina.
Su padre había sido guitarrista en una banda de heavy metal, y la música siempre estuvo presente en su hogar, inclusive a través del trabajo familiar de venta de CDs. Ese entorno musical, sumado al acompañamiento de Soledad, Liliana y Sebastián Mendizábal, fortaleció su formación y lo impulsó a continuar creciendo dentro del Programa de Coros y Orquestas.
Con los años, Denis amplió sus horizontes: integró la Camerata del Teatro Argentino, viajó con la orquesta a Ecuador y al sur de Argentina, y participó en proyectos junto a artistas reconocidos. También incursionó en el tango y formó su propia orquesta: Infames, integrada por jóvenes músicos con los que conquistó espacios en la escena porteña.
Hoy, después de trece años de trayectoria, Denis considera a la Orquesta Escuela como una gran familia, un espacio que no solo le enseñó música, sino también valores para la vida, un lugar de pertenencia. «Uno no se da cuenta del tiempo que pasa cuando está haciendo algo que le gusta», suele decir. Y así, casi sin notarlo, la música se volvió parte de su identidad.
En su mensaje a los jóvenes, los anima a «escucharse a sí mismos, atreverse a probar cosas nuevas y perseguir con pasión aquello que aman», porque —como él mismo aprendió— los sueños crecen cuando se los vive con entrega y corazón.
Irupé Bartolomei, de 24 años, creció rodeada de música y de la vida cotidiana de la Orquesta. Hija de Gabriel Bartolomei —violinista, guitarrista y primer profesor de violín de la institución, hoy director de la Orquesta Municipal de Tango—, encontró en ese espacio un segundo hogar. Sus hermanos también siguieron el camino musical. Irupé comenzó tocando violín a los cinco años; recuerda una infancia marcada por la rutina extenuante de ir y venir de la orquesta de lunes a sábado, una vida sacrificada pero llena de sentido.
Sin embargo, a los 11 años decidió explorar otros horizontes: probó distintos instrumentos, se cansó de la rutina y, con algo de rebeldía adolescente, dejó la orquesta por un tiempo. Se dedicó entonces al teatro y la danza, buscando nuevas formas de expresión. Su regreso llegó más tarde, en la sede de Bosques, donde enseñaba su padre. Allí descubrió la flauta traversa, el instrumento que la acompañaría hasta hoy. Aunque por un tiempo vio la música solo como un hobbie —mientras estudiaba joyería y orfebrería— nunca dejó de tocar. «Haga lo que haga, siempre voy a tocar la flauta», repetía.
Actualmente integra la Orquesta Sinfónica desde hace siete años. Recuerda la pandemia como una etapa especialmente difícil para la enseñanza musical: pero también funcionó como un apoyo emocional para muchos estudiantes. «Tener el instrumento en ese momento hizo muy bien», destaca. Desde hace un tiempo también da clases en la Orquesta 1° de Mayo de Berazategui.
Para Irupé, pertenecer a una orquesta es mucho más que tocar un instrumento. Enumera valores que considera esenciales: compañerismo, amistad, igualdad y un profundo sentido de familia. «La orquesta es unión. Hoy uno necesita ayuda y otro se la da; mañana será al revés. Crecí con amigos que tengo desde que soy chica», cuenta.
Mientras avanza con múltiples proyectos personales, estudia la Licenciatura en Música de Cámara y Orquesta Sinfónica en Lanús junto a su compañero Denis, además de la Licenciatura en Flauta Traversa en la Universidad Nacional de las Artes. Uno de los momentos más emocionantes que vivió recientemente fue el mega concierto regional de Berazategui, con más de mil chicos en escena. «Estar ahí, junto a compañeros que ahora son profesores y con quienes compartí tantos años, fue increíble», expresa.
Al hablar de un referente menciona a su hermano mayor, su gran admiración por él. Para ella y para su otro hermano, Limay es un orgullo en la familia. Recuerda a la profe Marcia, cuando era apenas una pequeña que tocaba el violín, y resalta la gran paciencia que le tenía. Aylén, la profe de flauta la incentivaba todo el tiempo, recuerda.
También destaca el valor del Programa de Coros y Orquestas: un espacio que permite permanecer como alumna, multiplicadora o docente, y que forma a los jóvenes desde adentro, no solo en la técnica sino también en lo humano. «Lo que se genera con la música en la orquesta es hermoso», afirma. Reconoce que la experiencia la marcó profundamente: le enseñó constancia, esfuerzo y la importancia de construir objetivos paso a paso. «Acá los profes hacen que te guste venir. Buscan la manera de que cada chico quiera seguir».
Pablo Mansilla tiene 18 años y acaba de egresar de la escuela secundaria. Nació en Florencio Varela, pasó parte de su infancia en Berazategui y regresó a los 10 años, cuando la separación de sus padres marcó un antes y un después en su vida. Ese regreso coincidió también con una etapa de búsqueda y de decisiones importantes.
Había comenzado a estudiar trompeta en una orquesta de Berazategui, pero la distancia empezó a dificultar la continuidad. En ese momento, sin conocer aún la existencia de la Orquesta Escuela de Florencio Varela, un profesor técnico —referente del programa— le sugirió que continuara su formación allí. Pablo fue acompañado por su madre y, desde el primer día, quedó claro que estaba en el lugar indicado: mientras tocaba, fue escuchado por Sebastián Mendizábal, Coordinador Regional, quien lo incorporó directamente a la Orquesta .
Pablo cuenta que conoció el corno viendo un video.
—Vi ese instrumento y dije: «qué lindo, yo tengo que tocar eso».
A los 10 años había elegido la trompeta, pero con el tiempo su curiosidad musical lo llevó a sumar el corno, un instrumento tan particular como esencial dentro de la orquesta. Su formación estuvo acompañada por docentes que dejaron huella, como Salvador Guido, músico jubilado de la Orquesta del Teatro Colón y Roberto Decarre. Gracias a Roberto y a la profesora Carolina pudo acceder a instrumentos, herramientas y una netbook que le permitió comenzar a escribir música.
La música siempre estuvo presente en su vida, ligada a la iglesia y a su familia. Su abuelo, pastor, lo invitaba a cantar desde muy pequeño; su madre, su tía y sus padres estaban vinculados a la música de distintas maneras. Desde chico aprendió piano y guitarra, y probó varios instrumentos. Esa cercanía temprana hizo que la música se volviera un lenguaje cotidiano, pero también un refugio. Pablo reconoce que hubo momentos difíciles, atravesados por la tristeza y la imposibilidad de ver a su padre, quien había sido quien le inculcó este camino. «Si no hubiese sido por la música, no sé dónde estaría», dice con honestidad. Para él, la música fue —y es— una salvación.
Sebastián Mendizábal confió en él, le dio espacio como arreglista y lo impulsó a dirigir ensayos y conciertos. En julio de 2025, en el encuentro regional realizado en Berazategui, Pablo dirigió Merengue del Primero ante más de mil músicos. La experiencia fue un éxito y marcó un punto de inflexión en su recorrido. Ese mismo año, realizó arreglos para el concierto por los 20 años de la Orquesta Escuela, junto a Los Charros, y dirigió la Marcha Eslava de Tchaikovsky con la Orquesta Sinfónica Municipal. Pablo explica que dirigir no es solo marcar el tiempo, sino trabajar los matices, los silencios y la respiración colectiva. «La batuta es una prolongación del brazo», dice, «pero lo más importante es el gesto y la escucha».
Mientras habla, Pablo muestra una cadena que lleva colgada al cuello: un dije con forma de trompeta. Sonríe al hacerlo. Expresa su felicidad por haber podido cumplir su sueño y destaca la importancia del Programa de Orquestas y Coros de la Provincia, que les brinda a muchos jóvenes la posibilidad de aprender un instrumento de manera gratuita.
Este año comenzará a estudiar Dirección Orquestal en la Universidad Nacional de las Artes. Agradecido, reconoce en la música un camino que lo sostuvo, lo formó y le dio sentido. «La música nació para mí en la iglesia y ahora creo que Dios me acompaña siempre», afirma.
Para Denis, Irupé y Pablo, la música no fue solo una elección: fue una oportunidad que supieron abrazar. En la Orquesta Escuela de Florencio Varela aprendieron que tocar un instrumento también es aprender a estar con otros, a reconocer la virtud ajena y a crecer en conjunto. La música los sostuvo en momentos difíciles, les dio un lugar, una identidad y un horizonte posible.
Cada uno, desde su propia historia, comprendió que la oportunidad que brinda el Programa de Coros y Orquestas de la Provincia es inmensa. Que la música dignifica, salva, ordena el mundo interior y demuestra que hacer aquello que uno ama, con entrega y pasión, puede marcar el camino transformando la vida en un futuro feliz.