CRÓNICAS VARELENSES

Thomas Pynchon en Varela



Espectáculos » 01/07/2026 03/07/2026

Es el momento de lo femenino en el mundillo artístico y no hay que negarlo, pero cuando nuestra directora favorita, Chloé Zhaó hizo una película para Marvel, medio que nos pusimos a pensar en la relación comercial que puede haber en la escritura

Es el momento de lo femenino en el mundillo artístico y no hay que negarlo, pero cuando nuestra directora favorita, Chloé Zhaó hizo una película para Marvel, medio que nos pusimos a pensar en la relación comercial que puede haber en la escritura, en -vamos a decirlo- vender un buen producto luego de hacer una obra maestra como lo había sido Nomaland y satisfacer las demandas del mercado en pos de una mayor seguridad económica para vaya a saber qué otros proyectos a encarar a futuro. En otras palabras, acomodarse un poco después de venderse un poco. Todavía no vimos Hamnet, pero si vimos la adaptación de Cumbres borrascosas, de Emerald Fennell, la directora de otra de nuestras películas favoritas, la magnífica y cinematográfica Saltburn, el lugar al que todos querían y del que nadie se podía ir. Nos gustó la película, ambas, cualquiera que haga esta directora. No coincidimos en la crítica que recibió de la falta de adaptación del libro de las hermanas Bronte, porque sabíamos que Emerald, o Esmeralda, buscaba otra cosa. Cualquiera que tenga el coraje o la insolencia o la gracia suficiente para reconocer la pequeña semilla de maldad que tiene adentro, nos entenderá si la ve, porque como bien decía lucia seles en una nota perdida por ahí, al final de todo, hay que trabajar, a descaro, no parar nunca, porque es muy importante, es muy importante…la venganza. Pero de qué estaba hablando? Ah, si. De Thomas Pynchon y los libros que nunca leí suyos, de ese gigante de las letras norteamericanas y todo lo que los novelistas creen que deberían aprender de su prosa vertiginosa, manipuladora y sensualmente difícil, como una montaña enorme a escalar que podría significar el fin, pero que dan unas ganas, leer esos libros de mil páginas, paranoicos, entrópicos, sobre todo la última novela, llamada Shadow ticket, qué buen título, traducida como A oscuras. Podría haberse llamado Querre. En fin. Habíamos visto la película el año pasado.
Suena el villancico navideño Hark! The herald angels sing (“Escuchen! Los ángeles mensajeros cantan). Qué risa, que salto que había pegado en el cine, o qué equivocación, qué error, que en ese momento no me había parecido como tal, sino una sensación de descubrimiento, de encuentro, de por fin, tanto tiempo, después de tanto silencio, después silencio total, porque la película continuaba y había pasado una escena a todas luces, para mi, determinante. Ahí estaba, era ese, era él, el escritor, tan buscado por todos, el mismísimo, Thomas Pychon, ahí estaba, estaba ahí. De esas escenas que parecen de relleno, pero que todo buen cinéfilo sabe que son claves, porque definen el rumbo del filme para que este termine de una buena vez, porque había aparecido él, el magnífico, el de los libros de mil páginas, el que no se deja ver, que apareció hasta en un capítulo de Los Simpsons con una bolsa en la cabeza. Thomas Pynchon. Confieso que no lo leí, pero sabía que era él. No sé por qué. La escena, magnífica, sublime, con una hermosa música navideña sonando de fondo, acompaña la caminata que debe hacer “el elegido como verdugo”, llamado Tim, camino a una reunión con el círculo, en una hermosa casa de en un barrio residencial, en el cual ha estacionado su coche en la puerta, una de esas casas hermosas con arbolitos cada cinco metros y lo ha recibido una señora llamada Alice que insiste en prepararle algo para que lleve a la reunión (¿referencia a el país de las maravillas?), luego un pasillo largo, diríase interminable, inexplicablemente construido, con un piso oscuro y brillante que refleja la luz, las paredes blancas, el techo tiene una forma arqueada con luces empotradas que iluminan. Un laberinto. A los lados se pueden apreciar algunas puertas de madera blanca, todo blanco, hasta llegar a la puerta, donde toca de una manera determinada, en código, para que lo reconozcan, como miembro del círculo, del club. Adentro, el equivalente (metáforas, licencias cinematográficas, todas las películas lo tienen) a lo que sería un círculo rojo hoy día, ese cúmulo de empresarios que dirigen los destinos de los países como si fueran piezas de ajedrez. Una vez adentro, hasta el cuello, en una escena que parecen todos Judas en la última cena, definen los pasos a seguir con el representante del mal, Brock Vond, interpretado por el oscarizado Sean Penn. Tim dice: en qué los ayudo. Todos hablan, dan explicaciones, conjeturan, hasta que Thomas Pynchon dice: hay que limpiar a Brock. Y sonríe con los dientes de conejo. Todos deberíamos comer del piso, así de limpio, y que San Nicolás te bendiga. Cómo contar la escena haciéndola una nota. Thomas Pynchon representa el misterio absoluto de las letras contemporáneas. Sin fotografías oficiales desde su juventud y recluido en un anonimato infranqueable. Paré ahí, no tengo mucho para decir sobre un escritor del que no se sabe nada y nunca leí y sin embargo sé todo y sé, lo más importante, que estaba ahí, en el cine.
Pues desde entonces, desde que salí del cine, pensé en armar una nota, la nota, enviarla a algún editor de algún diario, alguna revista, inclusive de cine, al que le interesase el tema, venderla, pensé en las revistas que si lo habían hecho en su momento, esas revistas norteamericanas de chimentos, pensé en hablarle a Fabián Casas, que dice que en argentina, la operación Pynchon es una pavada, que a nadie le importa lo que dice un escritor, entonces pensé en escribirle a don Alejandro: “Un enigma cinematográfico recorre los círculos culturales varelenses más exigentes: la supuesta e invisible aparición oculta del legendario novelista Thomas Pynchon en una escena crucial de Una batalla tras otra, adaptación basada y dirigida por Paul Thomas Anderson, trasfondo de Vineland, la novela del escritor”. Le escribí a Juan José Vidal, psicólogo, traductor, amigo de librerías, fanático del cine, ahora devenido actor, fanático del autor, pynchoniano hasta el cuello, quien, si leyó todos sus libros, me animo a decirlo que hasta en su idioma original, y solo recibí un silenzio stampa absoluto de su parte. Seguí ofuscado, obstinado en construir mi primicia: “Sostenida sobre minuciosos indicios anatómicos y una rigurosa estrategia periodística de clasificación de fuentes, esta investigación desarmará la cortina de humo colectiva que hizo creer al mundo que aquel papel pertenecía al actor Kevin Tighe, revelando un juego de espejos digno de la literatura universal, era en realidad la cara ni nada más ni nada menos que del escritor Thomas Pynchon”. Otra más de crónica: Descubrí a Thomas Pynchon. Es Kevin Tighe. Siempre fue él.
Pensé en mandar la nota con imágenes, una del escritor de joven, esa del anuario. Y la de la película, la que me pareció que era él. Y otra del actor este nombrado en los créditos: Kevin Tighe, un actor olvidado hasta creo que por el mismo.
Incluso pensé en mandar una encuesta de esas de whatsapp en las que vota la gente, y preguntar si esos dos hombres grandes se parecían y cual se parecía más al joven, algo ilusorio, delirante, paranoico. Propio de las ficciones de este autor en boca de todo yanki que esciba. Preferí el silencio.
El hombre este, en el filme, es presentado como Roy Moore, véase político estadounidense. Tal vez era él, y Pynchon se me había escapado, como a toda la prensa, año tras año, otra vez. Me fui a dormir, tapado hasta la cabeza, con una novela de Pynchon como almohada.
Queda que nazca mi hermanito, queda que venga el mundialito, volver a prestarle atención a todo eso, otra vez. Entonces será el turno para hablar de la película colombiana ganadora del premio al jurado de cannes, Un poeta. Obra maestra. Pero es de hace un año. Siempre llegando tarde. Será una fantasía que dejaremos para otra ocasión. Este poeta triste, intenta hacer, una crónica feliz.


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