La bandera de todos



Editorial » 01/08/2026 01/08/2026

Terminó el Mundial y los argentinos ya volvimos a nuestra rutina. Atrás quedaron las esperanzas de volver a levantar la Copa, la «campaña anti Argentina», las teorías conspirativas y también, los comunicadores militantes que amenazaban a los jugadores con «ir a buscarlos» por ser «desclasados» y no tener un discurso «de izquierda», porque como ya sabemos, por acá ya hace tiempo nos quieren hacer creer que «la izquierda» es «buena» y «la derecha»

Terminó el Mundial y los argentinos ya volvimos a nuestra rutina. Atrás quedaron las esperanzas de volver a levantar la Copa, la «campaña anti Argentina», las teorías conspirativas y también, los comunicadores militantes que amenazaban a los jugadores con «ir a buscarlos» por ser «desclasados» y no tener un discurso «de izquierda», porque como ya sabemos, por acá ya hace tiempo nos quieren hacer creer que «la izquierda» es «buena» y «la derecha» es mala, y un futbolista que se abraza, baila y le soba las medias a un dictador de izquierda es un referente comprometido y admirable, mientras que otro que simplemente saluda en un acto protocolar a un presidente democrático, es poco menos que un «traidor a la Patria».
Y también quedó atrás la tan mentada bandera de las Malvinas, esa vieja causa que sí, nos logra encolumnar del mismo lado a todos, y que sirvió para poner a los ojos del mundo una situación histórica e intolerable de colonialismo que no parece espantar tanto a los que nos acusan de racistas por la insólita razón de no tener jugadores negros en la Selección –aunque deberían saber que los campeones de 1978 contaron con el gran «Chocolate» Baley en el banco de suplentes-, pero mantuvieron colonias y esclavos durante décadas, auto percibiéndose ahora como «progres» por poblar sus equipos con afro descendientes cuyos destinos seguramente y en esos países a los que representan futbolísticamente hubieran sido muy distintos si no se hubieran destacado como futbolistas. Como prueba, basta ver la composición de sus respectivos parlamentos. ¿Cuántos negros tienen estos dueños de la equidad decidiendo los destinos de sus Patrias?
Volviendo a la bandera de Malvinas, ese querido «trapo» que nos conmovió hasta las lágrimas, tuvo el valor agregado de abrir la polémica hasta en la propia Inglaterra, cuyo gobierno protestó ante la FIFA por su exhibición, pero en donde el prestigioso medio The Guardian escribió que «es hora de que la soberanía de las islas se discuta ya que no pueden estar en poder británico para siempre». Un planteo que sin la pancarta desplegada en lo que para muchos fue «más que un partido de fútbol», nunca hubiera surgido.
Terminó el Mundial y como siempre, quedó claro con él que el fútbol no es solamente un deporte. Es un gran negocio, un enorme acto político y un gigantesco escenario donde se encienden pasiones que despiertan odios y amores que confunden conceptos y exacerban nacionalismos estériles, pero también un acontecimiento social visto por millones de espectadores, apto para que el Mundo conozca en un instante, sin extensos discursos y sin tanta burocracia, cómo un país atravesado por una gigantesca grieta puede unirse en un reclamo unánime que no va a callarse jamás:
«Las Malvinas son argentinas».


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