Varela, zona narco



Nota de tapa » 01/09/2026 01/09/2026

Otra vez, los narcos sembrando el terror en un barrio. Otra vez, la muerte. Otra vez, la impunidad, y los funcionarios sin asumir sus debidas responsabilidades. Florencio Varela se convirtió en los últimos años en un lugar lamentablemente habituado a los crímenes vinculados al narcotráfico.

Otra vez, los narcos sembrando el terror en un barrio. Otra vez, la muerte. Otra vez, la impunidad, y los funcionarios sin asumir sus debidas responsabilidades. Florencio Varela se convirtió en los últimos años en un lugar lamentablemente habituado a los crímenes vinculados al narcotráfico. Desde la Masacre de Senzabello, en 2017, con dos chicas asesinadas cuyos cuerpos quedaron tirados en medio de la avenida -y otras dos heridas, de las que nunca más se supo nada tras sobrevivir al atentado- hasta la tortura y el crimen de tres jóvenes en septiembre pasado, en la casa de una dirigente docente de la ciudad, pasando por enfrentamientos a tiros entre bandas enemigas como el recordado tiroteo en el barrio San Rudecindo y asesinatos nunca aclarados –incluido uno de un policía en un allanamiento, ocurrido este año-, hasta los episodios de agosto en el barrio San Francisco, nuestra localidad parece no tener nada que envidiarle a algunas de las zonas más peligrosas de Colombia o México.
Y al igual que en aquellos lugares, la connivencia entre traficantes, policías y políticos sobrevuelan las sospechas de la gente de bien, alarmada por la desprotección a la que se ve sometida en estos tiempos.
«Todos saben dónde se vende y quién la vende, pero acá hay muchos entongados», dice a Mi Ciudad un vecino de una de las zonas donde se produjo un sonado episodio hace pocos meses que pide reservar su nombre, aunque las declaraciones bien podrían aplicarse a cualquier barrio varelense.
Lo ocurrido en San Francisco dejó en evidencia principalmente la total ausencia del estado municipal y de las fuerzas de seguridad en su labor de custodiar la vida y la integridad de nuestros vecinos. La sucesión de los hechos se dio de una manera abrumadora y terrorífica: un auto que se detiene y desde el cual una ametralladora dispara contra tres jóvenes trabajadores que están en la puerta de una casa esperando materiales para una construcción, lo que refuerza la teoría de una «equivocación» en sus objetivos por parte de los sicarios, aunque también hay quienes aseguran que las muertes de inocentes son una maniobra deliberada de los narcos para marcar territorio y atemorizar a los residentes en su «zona de influencia». Una de las víctimas muere en el acto, otra cuando estaba en el Hospital Mi Pueblo, donde aún sobrevive la tercera. Una turba de vecinos indignados apedrea a la policía y ataca otra casa del barrio, señalando que ese era el lugar en el cual se vendía la droga, la prenden fuego, y matan a cuchilladas a una mujer que estaba ahí, dejando seriamente herido a un hombre que la acompañaba, aunque al parecer no eran los dueños de casa, sino sus parientes. Entre los atacados, también hubo guardias comunales y hasta bomberos voluntarios que acudieron a sofocar las llamas que consumieron la vivienda.

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