EL OTRO VOS

El olor de los recuerdos

El otro vos » 01/07/2019

Seguramente saben que hay distintos tipos de memoria. Hay gente que tiene memoria literal, visual o hasta auditiva. Nunca me animé a googlear sobre esto pero sé que tengo memoria olfativa y lo sé desde muy chica.
Por ejemplo cuando yo tenía cinco años mi hermano más chico había nacido hacía unos meses y el pelo le estaba creciendo, me acuerdo que mi mamá lo llenaba de productos con olor a bebé pero en la cabeza siempre tenía olor a tierra mojada. Yo no quería otro hermano y Nora nos sorprendió a todos y ese es su olor, el olor de Pablo y ese es el olor a la protección absoluta. También me acuerdo del olor de una tía que falleció. Como era muy gorda y muy hippie todos le prestaban mucha atención porque era un personaje, tenía un olor muy particular a incienso y a crayón. Como fue ella quien me regaló mi primer cuaderno en blanco y también mis primeras ceras verdaderas, aún cuando las huelo me acuerdo de mi tía Ely.
Tengo tantos recuerdos en olores que puedo hacer un diccionario. Mi tío Tito, (que es en realidad el hermano de mi abuelo pero que lo llamamos tío por ser mi tío abuelo y el tío legitimo de mi padre) para mi siempre tuvo olor a experiencia. Cada vez que me abrazaba le sentía el olor a experiencia. Experiencia en la camisa, en la agenda de papel, en la cabeza despoblada, en su auto, experiencia que supongo que también se la da la vejez.
En lugares como Buenos Aires donde hay una humedad relativa todo el tiempo, a veces puede suceder que las casas se «llenen» de ese olor a la humedad y pesadez que hace que cueste más vivir porque genera malestar. En mi casa había un ropero que tenía mucha humedad y ahí se guardaban las cosas que no se usaban durante esa temporada. Muy a pesar de los intentos de mi mamá por combatirla, cuando mi papá me abrazaba a principio del invierno, siempre decía «¡que olor a humedad!». Ese para mí era un poco el olor al rechazo de lo impropio. Porque no importaba cuánto se haga, el olor a humedad no se iba. En cambio, cuando necesitaba disfrazarme para algo e iba a visitar el armario de mi abuela, el olor que salía era el de la naftalina y la verdad no entiendo a quién se le ocurrió que la naftalina es un olor superador a la humedad.
Mi tía Sarita (mismo caso de mi «tío» Tito), hacia café en la cafetera turca porque eso le recordaba a sus padres, no porque a ella le gustara el café, de hecho ella no bebía muchas veces. Hay olores que son placenteros para todo el mundo, fáciles de atraer y de reproducir, como el olor a la lluvia que moja el asfalto. O al llegar de la escuela sentir el olor de las milanesas, ese es olor de la felicidad. Otros más controversiales, como el olor a nafta. A mí el olor a nafta, me lleva al Citroen Mehari de mi abuela, cuando me iba a buscar al primario y me esperaba en la puerta con el motor apagado. A mi ese olor me da sensación de libertad y vergüenza. Pero tal vez el más sensato sea el olor del cloro puro, las mopas con los tejidos secos y el cartón, eso es 100% el «Dadito» y es un olor que sólo puedo imitar en un tamaño micro cuando hay descuento en papel higiénico en el supermercado. Ese es el olor de hacer la tarea entre las cajas cuando llegaban los proveedores. Y tal vez uno de los más tenebrosos es el olor al pasto cortado un domingo a la mañana, ese olor me trae el recuerdo de tener que salir a rastrillar una masacre de hojas con resaca.
También me pasa (y he discutido esto con muchas personas) que cada casa que visito tiene un olor particular, el olor a esa familia. No importa cuantas casas visite, no importa cuántas familias distintas existan, esas cuatro paredes reúnen un mix complejo de energías, sensaciones, amor, traición, alegría y verdades que se gasifican y dan como resultado ese aroma. Lo más difícil que hay es distinguir cuál es el olor de la propia casa y lo más fácil es decir el de la casa ajena. Es que en realidad uno no sabe cuál es el propio hasta que se abstrae, se aleja y luego entiende la complejidad de no encontrar ese olor en otro lado.
Ahora que no hay Mehari, que no hago más milanesas, que mi abuela tiene un poco de olor a Tío Tito y que la humedad no es el peor de mis pesares, debo decir que lo extraño.


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