Los kelpers de La Rotonda



Nota de tapa » 03/05/2022

Es una bastante fría mañana del recién llegado otoño. Apenas llego al Barrio La Rotonda, de nuestra ciudad, para entrevistarme con unos vecinos de la zona, un fuerte y nauseabundo olor a gas se mete en mi nariz, que no tardará mucho en empezar a irritarse, del mismo modo que mis ojos y mi garganta.

Es una bastante fría mañana del recién llegado otoño. Apenas llego al Barrio La Rotonda, de nuestra ciudad, para entrevistarme con unos vecinos de la zona, un fuerte y nauseabundo olor a gas se mete en mi nariz, que no tardará mucho en empezar a irritarse, del mismo modo que mis ojos y mi garganta. Todas estas sensaciones son parte de la rutina diaria para quienes viven desde hace décadas en un lugar que tiene el raro privilegio de contar, en un estrecho espacio, con 12 industrias, entre ellas varias curtiembres, fábricas de pesticidas y recuperadores de baterías. Un lugar donde las chimeneas lanzan humo durante todo el día, pero principalmente en horario nocturno, y en el que los camiones entran y salen en forma permanente, sumando el ruido y el polvo que constantemente vuela a un paisaje de por sí desolador.
Los problemas bronquiales, gastrointestinales y de colon de varios vecinos, nacimientos múltiples, nacimientos de chicos con deficiencias mentales, personas que sufrieron un ACV (accidente cerebro vascular) y cayeron muertas mientras caminaban por la calle, y una llamativa cantidad de suicidios de jóvenes en el barrio, son algunos de los casos que obligan a pensar si todo será, simplemente, obra de la fatalidad».

Así comenzaba la nota de tapa de Mi Ciudad de abril de 2006, en la que entrevisté a Marcela Acosta, que residía –y aún vive- en la calle Berni al 400 de ese barrio, justo frente a «Industrial Varela», una empresa que trabaja con baterías usadas y a la que la Justicia acaba de señalar como una de las principales responsables de la contaminación. Marcela nos contó en aquella oportunidad que decenas de vecinos sufrían altos niveles de plomo en sus cuerpos. Entre ellos, su hijo, que con solo dos años, tenía 23, 5 microgramos por decilitro de plomo en sangre, más del doble de lo que la OMS considera aceptable para un adulto.
Dieciséis años más tarde, la nota podría empezar exactamente igual, pero con una novedad: la Justicia acaba de darles la razón a los vecinos y fallar contra Industrial Varela, la Municipalidad local y la Provincia de Buenos Aires, estas últimas, por desatender sus funciones de contralor.
La demanda fue presentada hace más de diez años, con el patrocinio letrado del programa de Clínica Jurídica en Derechos Humanos de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata.
Entre los demandantes, estuvo Luis Camiletti, ya fallecido por cáncer de riñón, y su esposa, la maestra Lucía Choque, en cuya casa nos reunimos junto a otros residentes de la zona para esta nota. «Él siempre cortaba la ligustrina y respiraba lo que venía desde la chimenea de la fábrica –nos relata, compungida- y eso lo afectó».
Dieciséis años después de aquel escándalo que derivó en la creación de un «Comité de Crisis Ambiental» que como era esperable, se disolvió y no sirvió para nada, Mi Ciudad dialogó nuevamente con Marcela Acosta y otros vecinos de La Rotonda, quienes aseguraron que «nada cambió» en el lugar, donde un fuertísimo y nauseabundo olor impide una respiración normal, según podemos constatar.

(Ver nota completa en la edición de papel)


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